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TEXTOS TERONA hace 2 Años, 5 Meses
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El siguiente texto, encontrado por casualidad en el mercado de 2ª mano de BCN (Mercado San Antonio-solo domingos) es una joya auténtica.
Relata en prosa dura y sintética el episodio de los LUDITAS.
Hay que ubicarse en Inglaterra, a principios del siglo XIX cuando -como ahora- el liberalismo económico era dogma de fe y su dios, además del patrón oro, era la SAGRADA MÁQUINA.
Los LUDITAS, básicamente manufactureros rurales, fueron los primeros en percibir los peligros del "molino satánico", del Kkpitalismo: la destrucción de la familia, del pueblo, del control popular sobre los recursos, del Estado protector (ahora protege a los ricos), etc...
Porque durante esos años nació el súcubo kapitalista y ya nadie -salvo honrosas excepciones- ha podido pararlo.
Lee atentamente y capta la intuición inocente de los LUDITAS sobre lo que se avecinaba....
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Última edición: 24/09/2009 23:55 por calumet.
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Re: TEXTOS TERONA hace 2 Años, 5 Meses
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LOS LUDITAS
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LOS DESTRUCTORES DE MÁQUINAS
In Memorian
El código sangriento
Desde muy antiguo la horca ha sido un castigo ignominioso. Si se medita sobre su familiaridad estructural con la picota comprendemos porqué está ubicada en el escalón mas alto reservado a la denigración de una persona. A ella solo accedían los bajos estratos sociales delincuentes o refractarios: a quien no plegaba las rodillas se le doblaba la cerviz por la fuerza.
Algunos ajusticiados famosos de la época moderna fueron mártires: a Parsons, Spies y a sus compañeros de patíbulo los recordamos tenuemente cada 1 de mayo. Pero pocos recuerdan el nombre de James Towle, quien en 1816 fue el último “destructor de máquinas” a quien se le quebró la nuca. Cayó por el pozo de la horca gritando un himno luddita hasta que sus cuerdas vocales se cerraron en un solo nudo. Un cortejo fúnebre de tres mil personas entonó el final del himno en su lugar, a capella. Tres años antes, en catorce cadalsos alineados se habían balanceado otros tantos acusados de practicar el “luddismo”, apodo de un nuevo crimen recientemente legalizado.
Por aquel tiempo existían decenas de delitos tipificados cuyos autores entraban al reino de los cielos pasando por el ojo de una soga. Por asesinato, por adulterio, por robo, por blasfemia, por disidencia política, muchos eran los actos por los cuales podía perderse el hilo de la vida. En 1830 a un niño de solo nueve años se le ahorcó por haber robado unas tizas de colores, y así hasta 1870 cuando un decreto humanitario acomodó todos los delitos en solo cuatro categorías. A las duras leyes que a todos contemplaban se la conoció como “The Bloody Code”.
Pero el luddismo se constituyó en un insólito delito capital: desde 1812, maltratar una máquina en Inglaterra costaría el pellejo. En verdad pocos recuerdan a los “ludds”, título con el que se reconocían entre ellos. De vez en cuando, estampas de aquella sublevación popular que se hiciera famosa a causa de la destrucción de máquinas han sido retomadas por tecnócratas neoliberales o por historiadores progresistas y exhibidas como muestra ejemplar del absurdo político: “reivindicaciones reaccionarias”, “etapa artesanal de la conciencia laboralista”, “revuelta obrera textil empañada por tintes campesinos”. En fin, nada que se acerque a la verdad. Unos y otros se han repartido en partes alícuotas la condena del movimiento luddita, rechazo que en el primer caso es interesado y en el segundo fruto de la ignorancia y el prejuicio. La imagen que a diestra y siniestra se cuenta de los ludditas es la de una tumultuosa horda simiesca de seudocampesinos iracundos que golpean y aplastan las flores de hierro donde liban las abejas del progreso. En suma: el cartel rutero que señala el linde de la última rebelión medieval. Allá, una paleontología; aquí un bestiario.
Ned Ludd, fantasma
Todo comenzó un 12 de abril de 1811. Durante la noche, trescientos cincuenta hombres, mujeres y niños arremetieron contra una fábrica de hilados de Nottinghamshire destruyendo los grandes telares a golpes de maza y prendiendo fuego a las instalaciones. Lo que allí ocurrió pronto sería folclore popular. La fábrica pertenecía William Cartwright, fabricante de hilados de mala calidad pero pertrechado de nueva maquinaria.
La fábrica, en sí misma, era por aquellos años un hongo nuevo en el paisaje: lo habitual era el trabajo cumplido en pequeños talleres. Otros setenta telares fueron destrozados esa misma noche en otros pueblos de las cercanías. El incendio y el haz de mazas se desplazó luego hacia los condados vecinos de Derby, Lancashire y York, corazón de la Inglaterra de principios del siglo XIX y centro de gravead de la Revolución Industrial.
El reguero que había partido del pueblo de Arnold se expandió sin control por el centro de Inglaterra durante dos años perseguido por un ejército de diez mil soldados al mando del General Thomas Maitland.
¿Diez mil soldados? Wellington mandaba sobre bastantes menos cuando inició sus movimientos contra Napoleón desde Portugal. ¿Más que contra Francia? Tiene sentido: Francia estaba en el aire de la inmediaciones y de las intimidaciones; pero no era la Francia Napoleónica el fantasma que recorría la corte inglesa, sino la Asamblearia. Sólo un cuarto de siglo había corrido desde el Año I de la Revolución. Diez mil. El número es índice de lo muy difícil que fue acabar con los ludditas. Quizás porque los miembros del movimiento se confundían con la comunidad. En un doble sentido: contaban con el apoyo de la población, eran la población. Maitland y sus soldados buscaron desesperadamente a Ned Ludd, su líder. Pero no lo encontraron. Jamás podrían haberlo encontrado, porque Ned Ludd nunca existió: fue un nombre propio pergeñado por los pobladores para despistar a Maitland. Otros líderes que firmaron cartas burlona, amenazantes o peticiones se apellidaban “Mr. Pistol”, “Lady Ludd”, “Peter Plush” (felpa), “General Justice”, “No King”, “King Ludd” y “Joe Firebrand” (el incendiario). Algún remitente aclaraba que el sello de correos había sido estampado en los cercanos “Bosques de Sherwood”. Una mitología incipiente se superponía a otra más antigua. Los hombres de Maitland se vieron obligados a recurrir a espías, agentes provocadores e infiltrados, que hasta entonces constituían un recurso poco esencial de la logística utilizada en casos de guerra exterior. He aquí una reorganización temprana de la fuerza policial, a la cual ahora llamamos “inteligencia”.
Si a los acontecimientos que lograron tener en vilo al país y al Parlamento los devoró el incinerador de la historia, es justamente porque el objetivo de los ludditas no era político sino social y moral: no querían el poder sino poder desviar la dinámica de la industrialización acelerada. Una ambición imposible.
Apenas quedaron testimonios: algunas canciones, actas de juicios, informes de autoridades militares o de espías, noticias periodísticas, 100.000 libras de pérdidas, una sesión del Parlamento dedicada a ellos, poco más. Y los hechos: dos años de lucha social violenta, mil cien máquinas destruidas, un ejército enviado a “pacificar” las regiones sublevadas, cinco o seis fábricas quemadas, quince ludditas muertos, trece confinados en Australia, otros catorce ahorcados ante las murallas del Castillo de York, y algunos coletazos finales.
¿Por qué sabemos tan poco sobre las intenciones ludditas y sobre su organización? La propia fantasmagoría de Ned Ludd lo explica: aquella fue una sublevación sin líderes, sin organización centralizada, sin libros capitales y con un objetivo quimérico: discutir de igual a igual con los nuevos industriales. Pero ninguna sublevación “espontánea”, ninguna huelga “salvaje”, ningún “estallido” de violencia popular salta de una chistera. Lleva años de incubación, generaciones transmitiéndose una herencia de maltrato, poblaciones enteras macerando conocimientos de resistencia: a veces, siglos enteros se vierten en un solo día. La espoleta, generalmente, la activa el adversario. Hacia 1810, el alza de precios, la pérdida de mercados a causa de la guerra y un complot de los nuevos industriales y de los distribuidores de productos textiles de Londres para no adquirir mercadería a los talleres de la pequeñas aldeas textiles, encendió la mecha. Por otra parte, las reuniones políticas y la libertad de letra impresa habían sido prohibidas con la excusa de la guerra contra Napoleón y la ley prohibía emigrar a los tejedores, aunque se estuvieran muriendo de hambre: Inglaterra no debía entregar su expertise al mundo.
Los ludditas inventaron una logística de urgencia que abarcaba un sistema de delegados y correos humanos recorriendo los cuatro condados; juramentos secretos de lealtad, técnicas de camuflaje, centinelas, organizadores de robo de armas en el campamento enemigo, pintadas en las paredes... Además descollaron en el viejo arte de componer canciones de guerra, a los cuales llamaban himnos. En uno de los pocos que han sido recopilados puede escucharse: “Ella tiene un brazo/ y aunque solo tiene uno/ hay magia en ese brazo único/ que crucifica a millones/ Destruyamos al Rey Vapor, el Salvaje Moloch”, y en otra: “Noche tras noche, cuando todo está quieto/ y la luna ya ha cruzado la colina/ marchamos a hacer nuestra voluntad/¡Con hacha, pica y fusil!”. Las mazas que utilizaban los ludditas provenían de la fábrica Enoch. Por eso cantaban “La gran Enoch irá al frente/ Deténgala quien se atreva, deténgala quien pueda/ Adelante los hombre gallardos/ ¡Con hacha, pica y fusil!
La imagen de la maza trascenderá la breve epopeya luddita. En la iconología anarquista de principios de siglo, hércules sindicalizados suelen estar a punto de aplastar con una gran maza, no ya máquinas, sino el sistema fabril entero. Todos estos blues de la técnica no deben hacer perder de vista que las autoridades no solo querían aplastar la sublevación popular, también buscaban impedir la organización de sectas obreras, en una época en la cual solamente los industriales estaban unidos. Carbonarios, conjurados, la Mano Negra de Cádiz, sindicalistas revolucionarios: en el siglo pasado la horca fue la horma para muchas intentonas sediciosas.
“Juego Limpio”
Ya nadie recuerda lo que significaron en otro tiempo las palabras “precio justo” o “renta decorosa”. Entonces, como ahora, una estrategia de recambio y aceleración tecnológicas y de realineamiento forzado de las poblaciones retorcía los paisajes. Roma se construyó en siete siglos, Manchester y Liverpool en solo veinte años. Más adelante, en Asia y África se implantarían enclaves en solo dos semanas. Nadie estaba preparado para semejante cambio de escala.
La mano invisible del mercado es tactilidad distinta del trato pactado en mercados populares. El ingreso inconsulto de nueva maquinaria, la evicción semiobligada de las aldeas y su concentración en nuevas ciudades fabriles, la extensión del principio del lucro indiscriminado y el violento descentramiento de las costumbres fueron caldo de cultivo de la rebelión. Pero el lugar común no existió: los ludditas no renegaban de toda la tecnología, sino de aquella que representaba un daño moral al común; y su violencia estuvo dirigida no contra las máquinas en sí mismas (obvio: no rompían sus propias y bastante complejas máquinas) sino contra los símbolos de la nueva economía política triunfante (concentración en fábricas urbana, maquinaria imposible de adquirir y administrar por las comunidades). Y de todos modos, ni siquiera inventaron la técnica que los hizo famosos: destruir máquinas y atacar la casa del patrón eran tácticas habituales para forzar un aumento de salarios desde hacía cien años al menos. Muy pronto se sabrá que los nuevos engranajes podían ser aferrados por trabajadores cuyas manos eran inexpertas y sus bolsillos estaban vacíos. La violencia fue contra las máquinas, pero la sangre corrió primero por cuenta de los fabricantes. En verdad, lo que alarmó de la actividad luddita fue su nueva modalidad simbólica de la violencia. De modo que una consecuencia inevitable de la rebelión fue un mayor ensamblaje entre grandes industriales y administración estatal: es un pacto que ya no se quebrantará.
Los ludditas aun nos hacen preguntas: ¿Hay límites? ¿Es posible oponerse a la introducción de maquinaria o de procesos laborales cuando estos son dañinos para la comunidad? ¿Importan las consecuencias sociales de la violencia técnica? ¿Existe un espacio de audición para las opiniones comunitarias? ¿Se pueden discutir las nuevas tecnologías de la “globalización” sobre supuestos morales y no solamente sobre consideraciones estadísticas y planificadoras? ¿La novedad y la velocidad operacional son valores? A nadie escapará la actualidad de los temas. Están entre nosotros.
El luddismo percibió agudamente el inicio de la era de la técnica, por eso plantearon el “tema de la maquinaria”, que es menos una cuestión técnica que política y moral. Entonces, los fabricantes y los squires terratenientes acusaban a los ludditas del crimen de Jacobinismo, hoy los tecnócratas acusan a los críticos del sistema fabril de nostálgicos. Pero los Ludds sabían que no se estaban enfrentando solamente a codiciosos fabricantes de tejidos sino a la vigencia técnica de la fábrica. Futuro anterior: pensaron la modernidad tecnológica por adelantado.
Epílogos
El 27 de febrero de 1812 fue un día memorable para la historia del capitalismo. También para la crónica de las batallas perdidas.
Los pobres violentos son tema parlamentario: habitualmente el temario los contempla únicamente cuando se refrendan y limitan conquistas ya conseguidas de hecho, o cuando se liman algunas aristas excesivas de duros paquetes presupuestarios, pero aun más rutinariamente cuando se debaten medidas ejemplares. Ese día Lord Byron ingresa al Parlamento por primera y última vez.
Desde Guy Fawkes, quien se empeñó en volar por los aires la Cámara de los Lores, nadie se había atrevido a presentarse con la intención de contradecirles. Durante la sesión, presidida por el Primer Ministro Perceval, se discute la pertinencia del agregado de un inciso faltante de la pena capital, a la cual se conocerá como “Framebreaking bill”: la pena de muerte por romper una máquina. Es Lords vs Ludds: cien contra uno.
Por aquel entonces Byron trabajaba intensamente en su poema Childe Harold, pero se hizo de un tiempo para visitar las zonas sediciosas a fin de tener una idea propia de la situación. El proyecto de ley ya había sido aprobado en la Cámara de los Comunes. El futuro primer ministro William Lamb (Guillermo Oveja) votó a favor no sin aconsejar al resto de sus pares hacer los mismo pues “el miedo a la muerte tiene una influencia poderosa sobre la mente humana”. Lord Byron intenta una defensa admirable pero inútil. En un pasaje de sus discurso, al tiempo que trata a los soldados como un ejército de ocupación, expone el rechazo que había generado entre la población.
“¡Marchas y contramarchas! ¡De Nottingham a Bulwell, de Bulwell a Banford, de Banford a Mansfield! Y cuando al fin los destacamentos llegaban a destino, con todo el orgullo, la pompa y la intendencia propia de una guerra gloriosa, era tan solo para contemplar los hechos consumados, para dar fe de la fuga de los responsables, para recoger fragmentos de máquinas rotas y para volver a sus campamentos entre la mofa de las viejas y el abucheo de los niños”.
Y agrega una súplica. “¿Es que no hay ya suficiente sangre en vuestro código legal de modo que sea preciso derramar aún más para que ascienda al cielo y testifique contra ustedes? ¿Y cómo se hará cumplir esta ley? ¿Se colocará una horca en cada pueblo y de cada hombre se hará un espantapájaros?”. Pero nadie lo apoya. Byron se decide a publicar en un periódico un peligroso poema en cuyos últimos versos se leía:
“Algunos vecinos pensaron, sin duda, que era chocante,
Cuando el hambre clama y la pobreza gime,
Que la vida se valore menos aún que una mercancía
Y la rotura de un aparato (frame) conduzca a quebrar los huesos.
Si así demostrara ser, espero, por esa señal
(Y quien rehusaría participar de esta esperanza)
Que los esqueletos (frames) de los tontos sean los primeros en ser rotos.
Quienes, cuando se les pregunta por un remedio, recomiendan una soga.
Quizás Lord Byron sintió simpatía por los ludditas o quizás –dandy a fin y al cabo- detestaban la codicia de los comerciantes, pero seguramente no llegó a darse cuenta de que la nueva ley representaba, en verdad, el parto simbólico del capitalismo. El resto de su vida la pasará en el Continente. Un poco antes de abandonar Inglaterra publica un verso ocasional en cuyo colofón se leía “Down with all the kings but King Ludd”.
En enero de 1813 se cuelga a George Mellor, uno de los pocos capitanes ludditas que fueron agarrados y, unos pocos meses después, es el turno de otros catorce que habían atacado la propiedad de Joseph Ratcliffe, un poderoso industrial. No había antecedentes en Inglaterra de que tantos hubieran sido hospedados por la horca en un solo día. También este número es un índice. El gobierno había ofrecido recompensas suculentas en sus pueblos de origen a cambio de información incriminatoria, pero todos los aldeanos que se presentaron a por la retribución dieron información falsa y usaron el dinero para pagar la defensa de los acusados. No obstante, la posibilidad de un juicio justo estaba fuera de cuestión, a pesar de las endebles pruebas en su contra. Los catorce ajusticiados frente a los muros de York se encaminaron hacia su hora suprema entonando un himno religiosos (Behold the Savior of Mankind). La mayoría eran metodistas.
En cuanto la rebelión se extendió por los cuatro costados de la regióntextil también se complicó el mosaico de implicados: demócratas seguidores de Tom Paine, lamados “painistas”, religiosos radicales, algunos de los cuales heredaban el espíritu de las sectas exaltadas del siglo anterior –levellers, ranters, southscottians, etc-, incipientes organizadores de Trade Unions (entre los ludditas apresados no solo había tejedores sino también todo tipo de oficios), emigrantes irlandeses jacobinos. Siempre ocurre: el internacionalismo es viejo y en épocas antiguas se lo conoció bajo el alias de espartaquismo.
Todos los días las ciudades dan de baja miles y miles de nombres, todos los días se descoyuntan en la memoria las sílabas de incontables apellidos del pasado humano. Sus historias son sacrificadas en oscuros cenotes. Ned Ludd, Lord Byron, Cartwright, Perceval, Mellor, Maitland, Ogden, Hoyle, ningún nombre debe perderse. El general Maitland fue bien recompensado por sus servicios: se le concedió el título nobiliario de Baronet, fue nombrado Gobernador de Malta y después Comandante en Jefe del Mar Mediterráneo, más tarde Alto Comisionado para las Islas Jónicas; antes de irse del todo, aún tuvo tiempo de aplastar una revolución en Cefalonia. Perceval, el Primer Ministro, fue asesinado por un alienado incluso antes de que colgaran al último luddita. William Cartwright continuó con su lucrativa industria y prosperó y el modelo fabril hizo metástasis. Uno de sus hijos se suicidó nada menos que en medio del Palacio de Cristal durante la Exposición Mundial de productos industriales de 1851, pero el tronar de la sala de máquinas en movimiento amortiguó el ruido del disparo. Cuando algunos años después de los acontecimientos murió un espía local –un judas- que se había quedado en las inmediaciones, su tumba fue profanada y el cuerpo exhumado vendido a estudiantes de medicina.
Algunos ludditas fueron vistos veinte años más tarde cuando se fundaron en Londres las primeras organizaciones de la clase obrera. Otros que habían sido confinados en tierras raras dejaron alguna huella en Australia y la Polinesia. Itinerarios semejantes pueden ser rastreados después de la Comuna de Paría y de la Revolución Española. Pero la mayoría de los pobladores de aquellos cuatro condados parecen haber hecho un pacto de anonimato, refrendo de aquella omertá* anterior llamada “Ned Ludd”: en los valles nadie volvió a hablar de su participación en la rebelión. La lección había sido dura y la ley de la tecnología lo era aunmás. Quizás de vez en cuando, en alguna taberna, alguna palabra, alguna canción; hilachas que nadie registró. Fueron un aborto de la historia. Nadie aprecia ese tipo de despojos.
Voces
¿Por qué demorarse en la historia de Ned Ludd y de los destructores de máquinas? Sus actos furiosos sobreviven tenuemente en brevísimas notas al pie de página del gran libro autobiográfico de la humanidad. La consistencia de su historia es anónima, muy frágil y casi absurda, lo que a veces promueve la curiosidad pero las más de la veces el desinterés por lo que no merece crear dinastía.
No es éste un siglo para detenerse: el burgués del siglo pasado podía darse el lujo de recrearse lentamente con un folletín, pero las audiencias de este siglo apenas disponen de un par de horas para hojear la programación televisiva. Vivimos en la época de la taquicardia, como sarcásticamente la definió Martínez Estrada. Remontar el curso de la historia a contracorriente a fin de reposar en el ojo de sus huracanes es tarea que solo un Orfeo puede arrostrar. Él se abrió paso al mundo de los muertos con melodías que destrabaron cerrojos perfectos. Nosotros solamente podemos guiarnos por los fogonazos espectrales que estallan en viejos libros: soplos agónicos entre harapos lingüísticos. Cualquier otro rastro ya se ha disuelto en los elementos. Pero si los elementos fueran capaces de articular un lenguaje, entonces podrían devolvernos la memoria guardada de todo aquello que ha circulado por su “cuerpo” (por ejemplo, todos los remos que hendieron el agua en todos los tiempos, o todas las herradura que pisaron la tierra, y así). A su turno, el aire devolvería la totalidad de las voces que han sido lanzadas por las bocas de todos los humanos que han existido desde el comienzo de los tiempo. Es cierto que cada minuto se dicen millones de palabras. Y ninguna se habría perdido, ni siquiera las de los mudos. Todas ellas habrían quedado registradas en la transparencia atmosférica, cuya relación con la audibilidad humana aún está por investigarse: sería algo así como cuando los dedos de los niños garabatean nerviosos corazones en vidrios empañados por el propio aliento. Si se pudiera traducir ese archivo oral a nuestro lenguaje, entonces todas las cosas dichas volvería en un solo instante componiendo la voz de una runa mayor o la memoria total de la historia.
En el viento se han sembrado voces que son conducidas de época en época; y cualquier oído puede cosechar lo que en otro tiempo fue tempestad. El viento es tan buen conductor de las memorias porque lo dicho fue tan necesario como involuntario, o bien porque a veces nos sentimos más cerca de los muertos que de los vivos.
De tantas cosas dichas, yo no puedo ni quiero dejar de escuchar lo que Ben, un viejo luddita, les dijo a unos historiadores locales del Condado de Derby cincuenta años después de los sucesos: “Lo que más me amarga es que nuestros propios vecinos más jóvenes malinterpreten lo que hicimos los ludditas”.
¿Pero cómo podía alguien, en aquel entonces, en plena euforia del progreso, prestar oídos a las verdades ludditas? No había, y sigue sin haberla, audición posible para las profecías de los derrotados. La queja de Ben constituyó la última palabra del movimiento luddita, a su vez eco apagado del quejido de quienes fueron ahorcados en 1813. Y quizá yo haya escrito todo esto con el único fin de escuchar mejor a Ben. Me aferro y tiro de su hilillo de voz como lo haría cualquier semejante que recorriera este laberinto.
X X X
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* omertá: término italiano propio del ambiente mafioso, “la ley del silencio”.
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Christian Ferrer/Noviembre-1997
Este texto puede ser reproducido en la manera que se considere oportuna
Correspondencia ETCETERA Ap. 1363/08080-BARCELONA
Publica: ETCETERA/ Dep. Legal B-28358/85
Este texto fue enviado por Christian Ferrer desde Buenos Aires para el Certamen Literario sobre la Libertad que convocó el Centre de Documentació Històrico Social – Ateneu Enciclopèdic Popular de Barcelona a finales del año pasado.
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Última edición: 06/11/2009 21:13 por calumet.
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Re: TEXTOS TERONA hace 2 Años, 4 Meses
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EL CREADOR DE BOSQUES
¡Cuidado, Spoiler! - Presiona aquí para verlo.De joven este libro (traducido "normalmente" como EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES) me impresionó. Más mayorcito lo traduje apasionadamente. Merece la pena. Os recomiendo que lo leáis en PDF, desplegando el menú de "herramientas" justo en el renglón pegadito al comienzo del foro.
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EL CREADOR DE BOSQUES
Hay personas que solo revelan sus excepcionales cualidades cuando has tenido la suerte de compartir con ellas muchos momentos. Devolver la vida a un territorio y cambiar el curso de su Historia, desde la generosidad y la discreción, no es tarea al alcance de la mayoría.
Hace más de cuarenta años exploré la antiquísima región de los Alpes que penetra en Provence, perfilada por altos cerros desconocidos para los turistas. Delimita al sur-sureste con el curso medio del río Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte con el curso superior del Drôme, desde su nacimiento hasta Die y, al oeste, con la meseta del Comtat Venaissin y las escarpaduras del Mont Ventoux. Engloba el norte del departamento de los Bajos Alpes, el sur de la comarca del Drôme y un pequeño enclave de Vaucluse.
Cuando inicié mi aventura, a una altitud media de 1.200-1.300 metros, estas tierras eran páramos desiertos donde solo crecía a sus anchas el espliego silvestre.
Enfilé mis pasos al centro de su corazón. Al tercer día, mis pies levantaban polvo a cada paso. Acampé junto al esqueleto de un pueblo abandonado. La cantimplora criaba telarañas desde la víspera, así que necesitaba agua urgentemente. Un grupo de cinco o seis casas me hizo pensar que alguna vez, allí, hubo una fuente. Así era, en efecto, pero ahora estaba seca. Las casas y la capilla, agujereadas como nidos de avispa por el viento y la lluvia inclementes, se alineaban como las casas y capillas de los pueblos vivos, pero sin la alegría que da la vida.
Sería un amanecer espléndido de junio si no fuera por este viento insoportable. Cuando se cuela entre los agujeros de la osamenta del pueblo gruñe como una fiera, intranquila mientras devora su presa. Mejor, largarse de aquí.
Después de cinco horas de camino continuaba sin agua ni rastros de ella. Todo lo que divisaba era el mismo paisaje estepario, las mismas hierbas leñosas. A lo lejos me pareció reconocer una diminuta silueta negra y vertical. Pensé que sería el tronco renegrido del último árbol de la zona. Decidí acercarme, por otra parte tampoco disponía de más opciones. Sorpresa. Se trataba de un pastor. Una treintena de ovejas reposaba a su lado, en pie, formando un solo copo bajo el tórrido sol.
Lo primero que hizo el pastor fue ofrecerme su cantimplora. Poco después me invitó a acompañarle a su casa. Supuse que sería el típico chamizo de pastor. Pero no, se trataba de un auténtico y sólido edificio de piedra con cobertizo, corral y leñera, sagazmente situado en una ondulación protegida del terreno. En algunos lugares aún se apreciaba la influencia de su trabajo sobre la ruinosa estructura original. Disponía del tejado más seguro y adecuado para esta zona: pesadas losas de piedra. Probablemente el único capaz de resistir los cambios extremos de temperatura, las granizadas y, sobre todo el desenfrenado viento que aullaba como un mar bravío. Andando el tiempo pude confirmar su admirable comportamiento.
El agua, estupenda, la obtenía de un pozo natural adyacente, muy profundo, en cuyo brocal había instalado una cabria de tres palos. Dentro todo estaba en orden. Los platos lavados, el suelo barrido, el fusil engrasado. Un puchero hervía en la lumbre. El pastor olía a recién afeitado. Sus botones estaban cosidos a conciencia, como la ropa, zurcida con el minucioso esmero que hace invisibles los remiendos. Compartió el cocido conmigo y, cuando le ofrecí picadura de mi petaca, me indicó con la cabeza que no fumaba. Hablaba poco, algo natural entre gente solitaria, como los pastores, pero transmitía seguridad y confianza en sí mismo.
Sin duda se trata de un bicho raro. Su perro, tan silencioso como su amo, no dejaba por ello de ser cordial, pero sin empalagar.
De manera tácita quedó establecido que sería su huésped por esta noche. El pueblo más cercano dista jornada y media y es tan pobre como el resto de las cinco o seis aldeas de la comarca. Sus habitantes malviven fabricando carbón de leña entre los rigores de un clima siempre rudo y hostil, tanto en verano como en invierno. Esa dureza se refleja en sus rostros afilados, como las cuatro paredes de sus guaridas desde donde espían obsesivamente, presos por el deseo de huir a de allí a cualquier precio. No es fácil. La carretera es una tortuosa y bacheada pista de tierra que termina en el pueblo, donde no se reparte ni el pan. Pocos vehículos se aventuran a recorrerla, algún quincallero, algún trotamundos…
Los hombres transportan su carbón hasta la ciudad en camionetas destartaladas, lo venden y vuelven como si tuvieran algo urgente entre manos. Hasta el temperamento más rocoso flaquea con esta rutina. Es como una ducha fría antes de acostarse en una cama más fría todavía. Por su parte, las mujeres rumian rencores atávicos. Compiten por cualquier nimiedad: por el precio del carbón, por el banco de la iglesia, por ganar el título al más “sufridor” y por tanto el derecho a quejarse más y ser más ruin o no, o al revés o ambas cosas a la vez. Sin tregua, igual que el viento. Si hubiera caracoles estarían al borde del infarto. Los periódicos han mencionado epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, casi siempre homicidas.
Cuando terminamos la cena, el pastor se levantó, fue hacia una estantería y trajo un saquito como de un kilo. Echó su contenido sobre la mesa. Bellotas. Examinó una tras otra con mucha atención, separando en un montón las buenas y en otro las malas. Yo fumaba. ¿Quiere que le ayude? Con un gesto me indicó que era asunto suyo. Al ver la meticulosidad con la que hacía su trabajo, no insistí. Ahí se acabó la conversación. Una vez hubo reunido un apreciable montón de semillas seleccionadas, las separó por decenas y volvió a analizar cada grupo, eliminando las semillas con alguna deformidad y sustituyéndolas por otras. Cuando tuvo diez montoncitos de bellotas perfectas, nos fuimos a dormir. Daba paz la compañía de este hombre.
Temprano por la mañana alegué cierta fatiga y le pedí permiso para quedarme una noche más. Le pareció bien, no era exigente. Lo cierto es que no estaba cansado sino que sentía mucha curiosidad por conocer mejor a este hombre.
El pastor sacó el rebaño del corral y lo llevó al campo. Antes de irse, sumergió un rato el saco de semillas, tan cuidadosamente seleccionadas, en un cubo de agua. Me llamó la atención el bastón que llevaba, en realidad una vara de hierro de metro y medio de alto y el calibre de un dedo pulgar.
Simulando dar un paseo seguí una ruta paralela a la del pastor hasta avistarlo en una hondonada. Mientras el perro vigilaba el ganado, él comenzó a subir hacia mí. Me asusté. Pensé que me reprocharía el atrevimiento, pero no, simplemente era su camino. Me invitó a acompañarlo y continuamos ascendiendo hasta la cima, a poco más de doscientos metros.
En un momento dado hincó la vara de hierro en tierra y, girándola sobre sí misma, en un santiamén practicó un agujero donde puso una bellota. Tapó el agujero afirmando la tierra con la punta del pie. Le pregunté si era suya la tierra. Contestó que no. ¿Sabía de quién era? No, no lo sabía. ¿Quizá se trataba de tierras comunales o propiedad de gente desconocida? A él le traía sin cuidado. Continuó su tarea, sembrando las cien semillas una tras otra.
Después de comer volvió a seleccionar cien semillas más. Tuve que aplicarme con cuidado para “obligarle” a responder a mis preguntas: llevaba tres años recolectando y sembrando semillas. Por tanto, había sembrado cerca de cien mil árboles. Calculaba que solo brotarían unos veinte mil, la mitad de los cuales perecerían a causa de los roedores y otros imponderables de la naturaleza. Según sus cálculos el segundo año sobrevivían poco más de cinco mil encinas chaparras, de las perennes. Cuando miraba las laderas tachonadas de espliego... yo no era tan optimista.
¿Qué edad tendría? Era obvio que más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elzéard Bouffier. Fue propietario de una granja en el llano, donde pasó casi toda su vida. Primero perdió a su único hijo y luego a su mujer. Entonces, se retiró aquí. Le atraía la vida pausada, con sus corderos y su perro. Se dio cuenta de que la ausencia de arbolado hipotecaba el futuro de esta región. Como no tenía otras ocupaciones, decidió remediarlo.
A pesar de mi juventud, conozco el secreto para pulsar la fibra emocional de la gente de pueblo sin herir su sensibilidad. En esta ocasión, sin embargo, metí la pata. La juventud se proyecta hacia el futuro en función de sus planteamientos sobre la felicidad. Cuando le aseguré que, en treinta años, sus encinas tendrían un aspecto magnífico me contestó, sin acritud pero con firmeza que, si Dios le daba salud, en treinta años sembraría tantas encinas que éstas serían como una gota de agua en el océano. Por otra parte, estaba valorando la posibilidad de hacer lo mismo con hayas. En un cercado junto a la casa, bien protegido del ganado, ya crecían jóvenes ejemplares rebosantes de salud. También había pensado sembrar abedules en el fondo de los valles, donde Elzéard afirmaba que la humedad dormía a escasa profundidad y los abedules sabrían encontrarla.
A la mañana siguiente, al amanecer, nos despedimos.
El año siguiente estalló la guerra de 1914. Me alisté como soldado de infantería y, durante cinco años, no pensé en árboles excepto como parapetos frente a las balas del enemigo. Por otra parte, el episodio relatado tampoco dejó una huella indeleble en mi memoria. Pensaba que se trataba de un lunático, una especie de coleccionista o algo así y lo olvidé.
Al terminar la guerra me concedieron una minúscula prima por desmovilización, suficiente para permitirme ir de excursión y respirar un poco de aire puro, que buena falta me hacía. Aparentemente no disponía de un plan preconcebido, pero el caso es que tomé la misma ruta de antaño.
Todo seguía igual. Sin embargo, más allá de la aldea abandonada, observé una especie de vaho cubriendo las calvas de las colinas como un tapiz. Por supuesto, el día anterior pensé en el pastor y sus árboles. .
En los últimos cinco años había visto morir demasiada gente y albergaba serias dudas sobre la suerte de Elzéard Bouffier. Cuando tienes veinte años crees que los de cincuenta son viejecitos con la guadaña al cuello. Sin embargo, Elzéard estaba vivo y fuerte como un roble. Eso sí, había cambiado de oficio, permutando ovejas por abejas. Antes tenía cien ovejas y cuatro colmenas, ahora era al revés. Las ovejas ponían en peligro sus repoblaciones, de modo que las puso en venta. Como la guerra no le afectó, siguió sembrando bellotas como un reloj.
Las encinas de 1910 contaban diez años y eran más altas que cualquiera de nosotros dos. Un espectáculo impresionante. Me quedé patidifuso. El día transcurrió paseando en silencio por su bosque. Un bosque que, distribuido en tres manchas, medía once kilómetros de largo y tres de ancho. Cuando reflexionabas en todo lo que había hecho este hombre -sin más medios técnicos que sus manos y su ánimo- comprendías que el ser humano es tan eficaz como Dios… no solo a la hora de la destrucción.
Como Dios, también Elzéard se ocupó de las hayas, continuando su plan previsto. El testimonio ahí estaba, de cuerpo presente, en todo su esplendor. Un hayedo joven que apenas alcanzaba la altura de mis hombros, pero lo bastante robusto como para considerarse a salvo de los roedores. En cuanto a los imponderables de la Naturaleza… ahora tendría que recurrir a un ciclón para desarraigar una sola haya. El bosquete se perdía en las ondulaciones del terreno.
En el fondo de otro promontorio el pastor me mostró áreas de abedules de cinco años, de 1915, de cuando yo combatía en el frente de Verdun. Eran tiernos y decididos como adolescentes. De acuerdo con sus observaciones los emplazó en el fondo de los valles, donde había detectado vestigios de humedad.
Parecía como si la expansión del bosque fuese concéntrica, en oleadas regulares, con una pauta matemática. Elzéard no se preocupaba de esto; simplemente continuaba con su obstinada tarea.
Cuando emprendimos el descenso ví que el agua corría por el barranco. ¡Era la más formidable “reconversión ambiental” que he contemplado en toda mi vida! Es cierto que las excavaciones arqueológicas han demostrado que las poblaciones galorromanas asentadas en esta región en la antigüedad pescaban truchas; los anzuelos y otros enseres son la prueba de una industria pesquera, inimaginable hoy día. ¿A quién se le podría ocurrir que los parientes de Obelix comían trucha asalmonada en unos pueblos donde cada verano es preciso traer el agua en cisternas?
El viento soplaba en el cuerno de la abundancia, dispersando semillas de todo tipo, ahora con mayores posibilidades de prosperar. Con el agua vino la vida: sauces, mimbreras, prados, jardines y flores parecían a punto de reventar. Sin embargo, la transformación era lo suficientemente lenta como para integrarse en el paisaje sin desorientar la costumbre. De hecho, buenos conocedores del entorno como los cazadores, que subían por estos montes en busca de liebres o jabalís, tomaron la repentina proliferación de árboles jóvenes por un capricho de la Naturaleza.
Si alguien hubiera sabido que no se trataba de un “bosque espontáneo”, sino de una obra humana, es seguro que hubiera reclamado su parte. ¿Pero quién podía soñar que semejante obra obedecía a una única y generosa voluntad?
A partir de 1920 no dejé pasar un solo año sin visitar a Elzéard Bouffier. Nunca flaqueó ni dudó. En todo caso, Dios sabe lo que le conviene y no seré yo quien lo ponga en duda.
Imagino las adversidades que habrá tenido que superar. Imagino la desesperación al ver cómo un año en el que sembró diez mil arces, no sobrevivió ni uno. Al año siguiente probó con hayas, con las que obtuvo un resultado más satisfactorio que con las encinas del año siguiente. De una manera u otra prosiguió su vasto plan, invencible a pesar de la soledad. Una soledad tan abrumadora que al final de su vida le costaba comunicarse; o quizá creía que ya estaba todo dicho.
En 1933 Elzéard recibió la visita de un guarda forestal que había visto mucho cine. Fue severamente intimado a no prender ninguna clase de fuego en el exterior. “El bosque es una riqueza natural - añadió el despistado guardia - y este en concreto es el único bosque espontáneo conocido”. Por entonces Elzéard recorría no menos de doce kilómetros para sembrar sus hayas. Tenía en mente construir una cabaña de piedra en mitad del bosque, para ahorrarse el trayecto de ida y vuelta. Contaba setenta y cinco años, pero es lo que hizo al año siguiente.
En 1935 una verdadera delegación administrativa acudió a inspeccionar el “bosque espontáneo”. Entre ellos un importante personaje del ministerio de medio ambiente, además de técnicos y burócratas. Pronunciaron las palabras huecas de rigor y tomaron una serie de decisiones que, felizmente, fueron a la papelera. Por fin, y sin que sirva de precedente, la situación tuvo un final feliz y se hizo lo que se tenía que hacer: todo el territorio quedó bajo la protección del Estado y se prohibió hacer más carbón vegetal. El diputado cedió al influjo de la pujante belleza que emanaba de los jóvenes bosques.
Entre la comitiva reconocí a un buen amigo, jefe forestal de la zona. Le expliqué el misterio. A la semana siguiente fuimos juntos a visitar a nuestro hombre. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros del lugar donde se desarrolló la inspección.
El guarda era amigo mío por algo. Sabía reconocer el valor de las cosas y guardaría siempre un sigilo total. Propuse hacer una tortilla para los tres, con los huevos que traía de regalo. Así pasamos la canícula, absortos en el paisaje. El camino por el que habíamos venido estaba bordeado por árboles de seis o siete metros. Recordé el desierto por el que caminé en 1913. El trabajo tranquilo y regular, el aire vivificante del monte, la frugalidad y, sobre todo, la “calma del alma” dotaban al abuelo de una salud casi de solemnidad. Me preguntaba cuántas hectáreas más sería capaz de repoblar él solito.
Antes de separarnos mi amigo lanzó alguna vaga sugerencia sobre ciertas especies afines a este microclima que podrían adaptarse bien... pero no insistió, consciente de lo superfluo de sus comentarios. Poco después me dijo: “Tengo buenos motivos para pensar que este hombre sabe más que yo”. Al cabo de una hora, añadió: “Sabe mucho más que cualquiera. ¡Ha encontrado la fórmula de la felicidad!”.
Este guarda forestal intervino decisivamente en la protección del bosque y en la felicidad de Elzéard. Nombró tres adjuntos a los que mentalizó de tal manera que se inmunizaron ante las palmaditas en la espalda y los vinos que les ofrecían los leñadores.
El bosque corrió verdadero peligro únicamente durante la guerra del 39. Los coches funcionaban con gasógeno y nunca había bastante madera, así que comenzaron a talar las encinas de 1910. Sin embargo, estos parajes se encuentran tan lejos de las vías de comunicación que no tardaron en darse cuenta de lo ruinoso del negocio y abandonarlo. El pastor ni se enteró. Seguía con su tarea, a treinta kilómetros de distancia, haciendo tanto caso de la guerra del 39 como hizo de la del 14.
La última vez que estuve con Elzéard Bouffier fue en junio de 1945. Contaba ochenta y siete años.
Cogí de nuevo la misma ruta, la del “desierto”. Ahora, a pesar del atraso lógico de la posguerra, había un autobús que daba servicio en el valle del Durance y sus estribaciones. El autobús emprendió el viaje, pero a los pocos kilómetros me di cuenta de que no reconocía mis rincones favoritos. Era como viajar por un país nuevo. Pensaba que sería cosa del nuevo sistema de viaje pero, por si acaso, pregunté al conductor nuestra próxima parada. Vergons. ¿Quién podría reconocer el desierto de mis entrañables caminatas? Me bajé. Todavía atónito.
La primera vez que estuve en Vergons no eran más de diez o doce casas tambaleantes con tres familias asilvestradas que se detestaban y espiaban infatigablemente desde los observatorios más sofisticados e inimaginables. Parecían primates malhumorados. Las ortigas devoraban los muros de las casas abandonadas, pero nadie hacía nada. Era como si esperasen la muerte; algo que no predispone a la virtud.
¡Pero vaya cambio! Hasta el aire era diferente. En lugar de borrascas secas y brutales, ahora soplaba una brisa aromática. Un murmullo como de agua procedía de las colinas, pensé que se trataba del murmullo del viento en la fronda del bosque. Poco después distinguí el verdadero ruido del agua saltando por el torrente. En el pueblo habían preparado una fuente, de agua generosa; pero lo que más me emocionó fue ver a su lado un precioso tilo de cuatro o cinco años, símbolo incontestable de la resurrección.
La esperanza es necesaria para sobrevivir en condiciones extremas. Vergons mamaba el efecto benéfico de la radiante obra de Elzéard. La esperanza renacía y, con ella, la energía de la vida: los escombros y los muros derruidos desaparecieron como por ensalmo y, del mismo modo, emergieron cinco casas nuevas. La aldea contaba ahora con veintiocho habitantes y cuatro familias jóvenes. Las obras recientes todavía tenían el enlucido fresco y, a su alrededor, huertas de dudosa alineación mostraban una mezcla exuberante de flores y verduras, de coles y rosales, de puerros y dientes de león, apio y hepáticas. Ahora ya apetecía vivir aquí.
A partir de Vergons hice el camino a pie. La guerra, reciente todavía, frenaba el despliegue completo de la vida, pero Lázaro había resucitado. Sobre el flanco inclinado de las colinas veía pequeños campos de avena y centeno, al fondo de los estrechos valles verdegueaban algunas praderitas.
En los ocho años desde mi última visita, el paisaje ha recobrado un esplendor increíble. Los antiguos caseríos arruinados están enlucidos y los caminos limpios, síntomas inequívocos de una vida cómoda y feliz. Se han saneado las fuentes y toda la toda la red de riegos. El bosque atrae las lluvias y la nieve y, además, luego retiene su humedad. En el vallecito más próximo a cada caserío, bajo el manto ligero de bosquecillos de abedules, los abrevaderos desbordan agua fresca sobre un tapiz de menta. Los pueblos algo mayores que las aldeas necesitan más tiempo para sentir el cambio, pero poco a poco está viniendo personal procedente del llano, donde la tierra es más cara. Los nuevos colonos aportan juventud, actividad y espíritu de aventura.
Antes no encontrabas a nadie por estos andurriales; ahora, con relativa frecuencia, encuentras gente sana y bien alimentada, jóvenes que saben reír y han recuperado el gusto por la vida en el campo. En total, si contamos a los inmigrantes y a la población autóctona, irreconocible desde que vive con desahogo, más de diez mil personas deben su felicidad a Elzéard Bouffier.
Cuando pienso en cómo un hombre solo, limitado como cualquier otro mortal, ha sido capaz de extraer de este desierto un país de Canaá, creo que, a pesar de todo, la condición humana es admirable. Tanto tesón y generosidad hacen que me sienta traspasado por un inmenso respeto hacia este viejo campesino iletrado, que supo llevar a buen puerto una obra digna de Dios.
Elzéard Bouffier murió pacíficamente en 1947 en el Sanatorio de Banon.
* * *
Lamento haberle decepcionado, pero Elzéard Bouffier es un personaje inventado. Mi objetivo consistía en hacer amar el árbol o, más exactamente en hacer amar “sembrar árboles” (lo que es una de las ideas más caras desde siempre para mí). Si juzgo por los resultados, lo he conseguido. El texto que usted ha leído en Trees and Life ha sido traducido al danés, finés, sueco, noruego, ingles, alemán, ruso, checo, eslovaco, húngaro, español, italiano, hebreo y polaco. He liberado mis derechos para todas las reproducciones. Un americano vino a verme últimamente a fin de solicitar mi autorización para publicar cien mil ejemplares y entregarlos gratuitamente en Norteamérica (a lo que he accedido con satisfacción). La Universidad de Zagreb ha hecho una traducción en yugoslavo. Es uno de los textos de los que me siento más orgulloso. No me aporta un céntimo, pero en esto también cumple con el objetivo para el que fue escrito.
Me gustaría reunirme con usted, si es posible, para hablar –precisamente- de la utilización práctica del texto. Creo que es hora de hacer una “política del árbol”, aunque la palabra política no parezca encajar.
Cordialmente, Jean Giono.
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Última edición: 06/11/2009 21:15 por calumet.
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Re: TEXTOS TERONA hace 2 Años, 4 Meses
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Si te gusta leer y no eres un capullo integral (o capulla, que si no luego las machistas se meten con uno), si todavía queda un rescoldo de idealismo revolucionario en tu pobre cerebro repleto de ofertas, si aún mantienes en pie no el ánimo de lucro, sino el ánimo de convivir a pesar de ser el mejor ser del planeta, incomprendido aspirante a multimillonario...
entonces tienes que leer
LA MADRE
de Máximo Gorki
Te ayudará a sobrevivir en este mundo de tenderos nacionalistas.
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Re: TEXTOS TERONA hace 2 Años, 4 Meses
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Máximo Gorki fué un gran hombre, y debió dar bastante miedo a los capitalistas (y siempre seguirá siendo así), porque le pusieron su nombre a un avión gigante (es el tercer avión).
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Re: TEXTOS TERONA hace 2 Años, 4 Meses
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Cuando pensamos en la terrible ineficiencia de los aviones modernos aún nos olvidamos de todos los abortos anteriores.
Página espectacular!!!
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